domingo, 30 de marzo de 2014

Alfa DNA (Hazme sentir seguro)

La primavera que parecía hacer acto de presencia hace un par de semanas, justo antes que acabara el invierno, parece haberse esfumado por arte de magia. Desde el gran ventanal de la cafetería se puede intuir un día frío y lluvioso. Sostengo la taza del café con leche con ambas manos, en un intento de calentarlas. A través del ventanal de la mansión convertida ahora en pequeño hotel puedo ver el MiTo aparcado junto a la entrada. Las gotas de lluvia sobre la carrocería y el resol que se cuela por un resquicio del encapotado cielo hacen que las diminutas gotas se asemejen a pequeños diamantes, confiriéndole a  la carrocería un aspecto de lo más atractivo, resaltando su elegante diseño. Me resulta imposible apartar la vista de él y no puede dejar de recorrer su silueta una y otra vez, prestando especial atención a los detalles, como si intentara serigrafiar sus formas en mi cerebro.

Acerco la taza a mis labios y absorbo el poco café con leche que ya queda y, de repente, caigo en la cuenta que el reloj ya marca las 10 de la mañana, hora de partir hacia un bonito pueblo costero donde me rencontraré con dos viejos amigos. Aparto la vista de la ventana y la dejo caer sobre la llave del Alfa Romeo que aguarda impaciente en la mesa. Un desfile de mariposas recorre mi estómago. Cojo el mando y, apuntando al MiTo a través del cristal, pulso el botón de abrir. Los bonitos pilotos traseros, redondos y saltones los cuales no pueden esconder su origen italiano, me dan los buenos días. Me meto la llave en el bolsillo y, con la cazadora en una mano y la pequeña maleta de fin de semana en la otra, dejo la confortable masía y me acerco con paso rápido pero seguro a mi inseparable compañero de viaje. Después de meter la maleta y la cazadora en el maletero llega el momento de sentarme a los mandos de la macchina. No he estado fuera más de un minuto, pero ha sido suficiente para mojar el fino jersey que llevo, así que decido sacármelo y extenderlo lo mejor que puedo en el asiento del acompañante. Introduzco la mano en el bolsillo del pantalón y saco la llave que, tras introducirla y girarla en la cerradura, arranca el pequeño pero brioso motor con un bonito sonido sordo. Mientras el motor se despereza, enciendo los limpias para evacuar la gran cantidad de agua que se ha depositado sobre la luneta delantera, enciendo las luces de cruce y selecciono el modo All Weather en el dispositivo DNA situado en el túnel de transmisión, justo delante de la palanca de cambios. Con el modo All Weather ya activado, inicio la marcha por el estrecho camino de grava que me llevará a una comarcal que, a su vez, me llevará a la autovía que me acercará al pequeño pueblo costero destino de mi corto viaje de poco más de 300 kilómetros. El sonido de la gravilla mojada al ser pisada por el generoso calzado del MiTo me eriza la piel mientras el coche avanza lentamente por el sendero hasta dejarlo atrás y enfilar la comarcal. Serán sólo unos pocos kilómetros hasta la entrada de la autovía, pero suficientes para que el motor vaya cogiendo temperatura, poder encender el climatizador y poderle exigir al motor un buen ritmo que me permita acortar las distancias hacia mi destino. El asfalto está muy mojado, pero la progresiva entrega del par motor en el modo All Weather hace que el control de tracción no entre en acción fácilmente. El chivato del control de estabilidad tampoco hace acto de presencia en el salpicadero todo y el poco agarre de un asfalto muy descuidado, sucio y mojado, pero si puedo notar como las ruedas posteriores deslizan ligeramente en las curvas más cerradas. Con una conducción muy fina voy trazando curvas de segunda y tercera, una tras otra, como un delineante haría en sus planos de arquitectura. Ya con el motor caliente y con la seguridad que me da el estado latente del control de estabilidad, especialmente atento en el modo All Weather del DNA, decido aumentar progresivamente el ritmo, aunque manteniendo unas trazadas muy finas que me hacen sentir buen conductor. La lluvia es fina y no demasiado abundante y, lejos de convertir el viaje en un tormento, lo convierte en plácido y relajante. El sonido de la lluvia al caer sobre la carrocería, el sonido de los limpias arrastrando el agua sobre el cristal, el sonido del agua al recorrer los pasos de rueda, … ¡Qué gran placer! Un cartel a un lado de la carretera anuncia el final de la comarcal, el inicio de la nacional y el camino hacia la autovía. A los pocos minutos me incorporo a esta última, de dos carriles y poco transitada. Introduzco un pendrive en el puerto USB que hay junto al freno de mano y selecciono con los mandos del volante la música que me acompañará hasta el final de viaje, Jack Johnson. Con una velocidad constante fijada algo por encima de los límites legales voy dejando atrás a los coches que me voy encontrando y a los kilómetros que me separan de mi destino. El MiTo, como si de un pequeño Maserati se tratara, avanza impasible hacia su destino, con el glamour y la deportividad del coche italiano.

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