domingo, 12 de octubre de 2014

La otra Italia

El sueño de cualquier aficionado al mundo del motor, y en especial al de los coches italianos, es recorrer Italia en busca de la fábrica Maserati y del Museo Casa de Enzo en Módena, la fábrica Lamborghini en Santa Agatha Bolognese, el museo Ferrari en Maranello y, por supuesto, el museo histórico de Alfa Romeo ahora que parece que Sergio Marchionne está más interesado que nunca en reabrirlo y demostrar a todo el mundo lo que fue y volverá a ser la marca del Biscione. Un viaje en nuestros Alfas pasando por el Col de Turini, el Col du Galibier y el Mont Ventoux en Francia. Y para culminar el viaje, antes de emprender el regreso con la misma ilusión con la que vinimos, una escapada a la que es la mejor carretera del mundo según Top Gear, el Passo Stelvio, el paso de montaña pavimentado de mayor elevación de los Alpes orientales.

Pero créanme, hay otra Italia ahí fuera. Se puede viajar a Italia sin visitar ninguno de esos santuarios. Se puede viajar a Italia sin nuestros Alfas y, agárrense fuerte, sin alquilar uno de ellos al llegar. En mi caso bastó alquilar un Fiat 500 con el motor más modesto de los que puede equipar, el 1.2 de 69 cv, para sentir el puro placer de conducir por el corazón de la Toscana, la región de Chianti, conocida por sus bonitos paisajes, espectaculares carreteras y por la calidad de los vinos que allí se producen. Un viaje que discurrió mayoritariamente por carreteras comarcales, con las ventanillas bajadas para sentir el fresco aire otoñal a la vez que escuchar el discreto pero bonito sonido que conseguía extraer del pequeño motor atmosférico jugando constantemente con su adictivo cambio de marchas. Setecientos kilómetros en poco más de tres días que dieron para visitar los pueblecitos más importantes de Chianti; los pueblos más genuinos de la Toscana, como Certaldo, San Gimignano, Volterra y Monteriggioni; pero también para visitar Florencia, la ciudad del renacimiento, Bolonia y Siena. El pequeño cinquecento se mueve por esas tierras como pez en el agua, tanto por las angostas calles de ciudades y pueblos como por las estrechas y reviradas carreteras que nos llevan de un punto a otro de una ruta llena de atractivos.
 
Los vehículos que nos vamos encontrando a nuestro paso, lejos de ser rabiosos deportivos italianos, son en su mayoría antiguos Fiat Panda, tanto de tracción delantera como total, y antiguas Piaggio de todas las formas y colores. Es como hacer un viaje al pasado donde nuestro Fiat 500 es la máquina del tiempo. Cuando nos acercamos a las ciudades también vemos muchas nuevas Giuliettas y MiTos, este último en menor medida. Durante esos tres días sólo vemos un escuadrón de deportivos que disfrutan de las hermosísimas carreteras de esta zona de Italia y, curiosamente, no son italianos sino alemanes: Audis R8 en versión Spyder.
 
 
 
 

 
 
  
Desde que volví no paro de preguntarme si con mi Alfa hubiera disfrutado de la misma forma este viaje. Los Alfistas somos sufridores y seguro que no me hubiera atrevido a meterme por según que caminos sin asfaltar, a circular por según que pueblos, a dejar el coche en según qué sitios y aún menos a circular por según que pistas forestales. Quizás sea ese el motivo por el que los autóctonos de la zona se mueven en Fiat Panda, quien sabe si guardando en sus garajes los rabiosos deportivos italianos…
 

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